
Estaba llena de ira, dolor y culpa. Y no era por alguna razón estúpida ese día. Aquello no era normal, y mucho menos el temperamento que en aquel instante desbordaban de mí. Simplemente era que jamás había pensado en que me dijiese esas palabras tan crueles y que parecían ser ajenas a toda realidad en mi mundo. La bronca fue lo que culminó primero en mi interior, seguido de un profundo e intolerable dolor que carcomía por poco hasta a mis entrañas. Y luego a todos esos sentimientos, le venía la culpa. Sí, culpa. Culpa de haber sido así. Culpa de haber actuado así, e incluso, de haber existido para arruinar todo a mi alrededor y mi ser. Quería morirme y nada ya iba a impedirlo. Las duras palabras recaían sobre mí cada vez con más resonancia. No pensaba aguantar un día más sobre la faz de la Tierra, o mejor dicho del universo en su totalidad. Sin detenerme a meditar con tranquilidad los hechos, tomé ese filo excesivamente afilado y pronto atravesó una gran parte de mi brazo. Entonces, pude observar con detenimiento como la sangre comenzaba en un lento proceso a recorrer toda esa extremidad y debajaba marcada de un intenso color rubí a mi blanca piel. Me miró fijamente y se acercó con una mirada que expresaba deleite, demasiado deleite. Clavé mis orbes negras al piso, sintiéndome ahora sí alguien digna y valiente. Y ante esta impresión, me percaté de cuando su piel hizo contraste con la mía por la notable diferencia de temperaturas, y de como sus labios y columeares penetraban absorbiendo cada rastro de mí. Fue en ese preciso momento en el que me di cuenta del dolor y afán que yo había estado provocando en aquel ser tan prefecto ante mis débiles ojos. A lo que me dediqué fue, entonces, a dejarme llevar y tal vez, sólo tal vez, ir lejos de esta vida,o quizás, a otra.

